De pequeño adoraba las máquinas de millón. Estéticamente son extraordinarias obras de arte, lúdicas y útiles como pocas. Dibujos pop, héroes, sirenas, circos, naves espaciales: todo lo que uno puede desear para pasar un buen rato. Nunca fui demasiado bueno en comparación a alguno de mis amigos del barrio, pero no dejaba de insistir y una y otra vez introducía monedas de veinticinco pesetas en la ranura milagrosa que generaba el delicioso sonido de liberación de la bola. Depuré mi técnica de saque estirando con precisión el disparador hasta conseguir buenos objetivos nada más iniciar la partida. A partir de ahí todo era un frenesí de tumbar dianas, acumular puntos, provocar la salida de bolas dobles, hacerlas subir por rampas, pasarelas e introducirlas en agujeros de donde volvían a la pendiente con increíble violencia. Lo emocionante del millón es que todo está siempre a punto de irse a la mierda pero es relativamente fácil mantenerse en el juego. La clave está en no despistarse, mover los dedos rápido y con precisión y conocer las reglas del juego: el orden en el que debes conseguir los objetivos. Y por supuesto mover la máquina lo justo para no provocar el odiado tilt, preludio de una impotente sensación en tus dedos mientras observas como la bola de acero se hunde de manera irremisible en el pozo, golpeando antes mansa y estúpidamente en tus mandos paralizados. Quizás el elemento más logrado de todo el juego es el de la bola extra. Normalmente se adjudicaba con un sonoro “clac” señal inequívoca de que la cosa iba a tener una maravillosa prolongación, un rato más de ilusión, cada vez más cerca del récord de los chicos del barrio.
Pues eso, que clac.

Escribe un comentario