Mientras dejo pasar los días para contarles algo interesante, una pequeña reflexión bloguera.

 

Como espectadores y creadores valoramos los personajes con matices. Nos parecen infantiles las propuestas de malos muy malosos y buenos angelicales. Nos gustan que nuestros protas tengan dobleces y sus enemigos debilidades y requiebros. Cuánto más difusa la línea entre el bien y el mal, cuántos más tonos de gris en las personalidades y actitudes de nuestras pequeñas creaciones más interesante nos parece nuestra historia. Everybody is everybody y toda la pesca.

 

Pero amigos, cuando de lo que se trata es de explicar nuestras aventuras profesionales a quién quiera escuchar o leer, la cosa cambia. Black or white que diría Jacko. Nuestro relato nos parece más penetrante y convincente si describimos a los causantes de nuestras desgracias como auténticos malvados sin compasión. La puta Zarpa Amarilla, nene. En todo caso y en un alarde, les otorgamos la virtud de la astucia (que no de la inteligencia) y todo ello después de retratarnos como seres virtuosos, trabajadores, brillantes y amigos de los animales. Se nos olvida que cada uno tiene sus circunstancias y que no conocemos a fondo las de los otros. Se nos olvida qué o a quién perjudicamos con nuestras actitudes. Todo en pro de que nuestra historia afecte a nuestra pequeña audiencia. Queremos que  le quede claro a todo el mundo: nosotros somos los buenos y ellos (aquí pongan uds a los ejecutivos, productores y directores que quieran) los malos. Pero no unos malos cualquiera: Unos zombies hijos de puta de tomo y lomo que van a por nosotros. Hay que acabar con ellos. Con todos. Son los malos. Qué maduro.